miércoles, 1 de julio de 2009

LA BARRERA

Expresar, lo que pienso.
Significar, lo que siento.
Indicar, lo que miro.
Mostrar, lo que creo.
Señalar, lo que odio.
Manifestar, lo que ilusiono.
Revelar, lo que me asombra.
Anunciar, lo que intuyo.
Evidenciar, lo que realizo.

Esta es la barrera…

jueves, 11 de junio de 2009

LA ESPERA QUE NO LLEGA

Eres vieja y te estás muriendo. ¿Es que no lo comprendes? Los sesenta y ocho años te pesan y sobre todo a ti, que no has sabido ser la mujer que te proponías cuando íbamos a la escuela del pueblo. Ya lo decía doña Angelines. Te estás muriendo ya, y, te están matando, joder, todas tus miserias y tus putas rarezas. No has querido ser la mujer que te habías propuesto, por eso se te acaba la vida. ¡Hay, si nuestro padre te viera en esta situación! Don Casimiro que en gloria esté no hubiera consentido lo que has hecho con tu vida ¡Miserable! Mírate ahí tirada en la cama, sin poder moverte, y necesitando de mí, como un niño recién nacido que no sabe hacer nada sin su madre. La mirada complaciente no es suficiente para poder morir, hermana. A mí me has jodido la vida. Yo, que he sido la más pequeña de la familia, ni entre el padre, ni la madre y después el hermano Alfredo me habéis dejado vivir... Y cuando yo pensaba estar tranquila con mis quehaceres, vienes tú a joderme y a morirte. Además sin tener la mínima intención de salir adelante. Te quieres morir pero no te mueres y llevas así dos años. ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? ¿Es que acaso no os he querido? ¿Es un castigo del cielo?
La ventana de la habitación la distrajo de su monólogo, se había entreabierto por el fuerte aire. Fue a cerrarla. Cuando volvió su hermana no estaba.

miércoles, 3 de junio de 2009

TENGO DERECHO

Yo tengo derecho a no hablar de nada.
Y hemos hablado tanto de nada,
que el día que hablemos de algo,
nos pondremos enseguida de acuerdo.

lunes, 18 de mayo de 2009

UNA VUELTA DE BOLEO

Perdido. Así estaba entre los expedientes que se me amontonaban. Ella surgía entre todo aquel barrizal de papel. Y cavilaba con lo que había ocurrido ayer cuando me acerqué a la plaza de la República a dar un paseo. Todavía me hallaba abstraído. Me encontré a la última persona que deseaba ver. La vez anterior que nos vimos fue en el tanatorio, cuando murió su madre ¿Quién podía imaginar que estaría allí, en medio de la fiesta del Tango? Era Lucía, mi ex mujer: nos separamos amistosamente. No nos tiramos los trastos, pero cuando la vi, dudé. Estaba confundido. Sopese, como en una balanza, lo que había estado mascullando, la indecisión estaba presente en mi vida. Soy una persona cambiante sin un rumbo fijo. Siempre dudando... pero ¿hasta cuándo?
Ella estaba sola. Se giró sobre sí como si aquella acción estuviera prevista; sin dudarlo, se dirigió hacia mí con gran decisión. El sol de abril ya empezaba a calentar la primavera. El verano parecía que se había adelantado. Yo la vi venir. Me asombré. Estaba clavado al suelo sin moverme. Ella caminaba hacia mí. Fue entonces, y sólo entre aquel jaleo, cuando sonó la música. El silencio se hizo sepulcral. La gente estaba embelesada viendo a aquellas parejas. Había de todas las edades. Se puso a mi altura y con su mirada me volvió a cautivar. Nos miramos y entre la algarabía vimos, los dos, como bailaban los demás. Ella zapateaba con los pies. La música cesa y se para. Sonreímos y aplaudimos a los bailadores. Entre los aplausos le grité: «¿qué haces aquí?». No me respondió. ¿Me oyó? Estaba como pez en el agua. La música volvió a sonar. Al unísono entramos en aquella especie de pista. Una vez allí, en una vuelta de boleo, miró hacia arriba y me susurró al oído «¡Diego, estamos solos en la pista!». Pero yo era feliz porque volví a bailar aquel tango con Lucía.

miércoles, 6 de mayo de 2009

HUELLA

(Al maestro Dokushô)

Llegaste ligero
y te posaste,
sin ruido,
en mis aguas tranquilas.

Tu vuelo rasante,
las removió.
Comenzaron a moverse,
a formar minúsculas olas,
que entretejían resplandores.

Al final tus alas
tocaron mis aguas
y sentí ser.
Y te posaste en mí.
Y sentí tu hotsu
en mi espalda.

Era la señal.
La huella en mi corazón

miércoles, 22 de abril de 2009

Poema

El frío te hace visible.
El calor invisible.
Así te reconozco,
unas veces gota
y otras no.

lunes, 6 de abril de 2009

LA MASCOTA

Sólo porque alguien
no te ame como tú quieres,
no significa que no te ame
con todo su ser.
Gabriel García Márquez



Era febrero. Hacía frío. Seis meses tardaron los brazos enormes de su padre en rodearla, con un abrazo inagotable. La ternura de los besos de su madre le abanicaban el corazón y las lametadas de Felipesegundo le sabían a una melancólica ternura mezclada con una ligera aspereza. No avisó de su llegada. Nadie sabía cuando iba a volver de Nantes. El perro era el único que lo intuía. En eso le ganaba a la madre de Rebeca. Hacía días que estaba intranquilo. Su pereza se volvió altiva y cascarrabias —algo inusual en Felipesegundo—. Le gustaban mucho los dulces y las galletas. No los comía desde que sospechaba que su ama volvía.
La llegada de Rebeca suponía para Felipesegundo una alegría. Nadie lo sacaba a pasear. Sólo Rebeca le hacía caso. Era ella la que lo sacaba a pasear; la que jugaba con él, la que lo cogía en brazos, a pesar de su gran peso. Desde que ella se fue sólo conocía el jardín de la casa, su caseta y la verja de madera que los separaba. Soñaba con aquellos paseos y revolcones.
La licenciatura de Rebeca era un orgullo para Tomás y Teresa. Sabían el esfuerzo que le había supuesto. Vivían a las afueras de la ciudad. Los ocho kilómetros que separaban de la urbanización se hacían algunas veces interminables tanto para unos como para otros. Con tal motivo decidieron regalarle a su hija una moto. Estaba rebosante y alegre.
—Al fin libre. Sin depender de nadie, —dijo Rebeca.
—Bueno hasta un cierto punto, —le contestó su madre con satisfacción y ternura—. Tomás sonreía orgulloso pero con una cierta pena. Su hija se había hecho mayor.
Rebeca se quedó pensativa. Su madre le preguntó: “¿Pasa algo?”. No contestó. A continuación dijo: “Totefe. Eso le llamaré Totefe”. Su madre no entendió nada. Miró a Tomás haciendo un gesto de asombro. Él le contestó con una subida y bajada de hombros. Teresa dijo: “Tú y tu manía de ponerle nombre a las cosas...”
Rebeca disfrutaba de su moto. Felipesegundo salía con Rebeca, pero en alguna ocasión, en vez de pasear, corría detrás de la moto y se cansaba enseguida. Ya no disfrutaba como antes de llegar la moto. Estaba triste. Además, Rebeca debía volver a Nantes por unos días.

¡Tú!, ¿qué has venido hacer aquí? ¿Por qué has venido a interrumpir mis paseos y mis revolcones? No estoy dispuesto a compartir nada contigo. ¡Qué mierda de moto! No va a quedar nada de ti. Aunque te hayan tapado no te va salvar nadie. ¡Que sabor más asqueroso tiene esta funda! Casi me aplasta este bicho. Con mis dientes te rasgo la montura para que no quede nada de ti. Por el amor que me has robado. Y este espejo te lo rompo y astillo, porque no estoy dispuesto a compartir nada contigo. Mi dueña me pertenece a mí. No a ti. Ese timbre que llevas ya no sonará porque te lo pisoteo como tú lo has hecho con mis revolcones y mis caricias. ¡Cuántas me has robado desde que llegaste!

“Totefe” había sido maltratada: ¡estaba en el suelo! Felipesegundo se había orinado en ella. La caseta del perro y la moto estaban juntas. Rebeca encontró rastros del desastre que había hecho. Las miradas de los dos se entrecruzaron. Rebeca se cruzó de brazos al mismo tiempo que con la planta del pie izquierdo zapateaba en el suelo haciendo un ruido que él entendió. Bajó las cejas al mismo tiempo que posaba su cabeza sobre las patas delanteras y meneaba, tímidamente, el rabo. “Y ahora ¿qué hacemos?—dijo ella indignada—. ¿Por qué lo has hecho? ¿Te parece bonito? ¡Esto no se hace! ¡No! —le volvió a recriminar al mismo tiempo que le amenazaba con el dedo índice”.
Rebeca —en un instante— se preguntaba por qué lo habría hecho. Cambió su tono de voz y le dijo: “No te tienes que preocupar por la moto, porque ella, no puede sustituir las lametadas tuyas. Ni tampoco me puede dar los revolcones que me doy contigo en el jardín. La moto es una cosa y tú eres mi perro al que quiero como si fueras mi hijo”.
Como si entendiera lo que le estaba diciendo Felipesegundo se lanzó sobre Rebeca y ésta le abrazó.
Se fueron juntos a llevar a “Totefe” al taller.