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jueves, 30 de marzo de 2017

La libertad de ser libre

Empar Roch - Monja novicia en el Monasterio zen Luz Serena - Requena (Valencia)
Empar Roch
monja novicia CBSZ
Monasterio zen Luz Serena



Según el budismo las cuatro nobles verdades que condicionan nuestra vida son:
  1. Toda existencia es sufrimiento.
  2. El origen del sufrimiento es el anhelo.
  3. El sufrimiento puede extinguirse, extinguiendo su causa.
  4. Para extinguir la causa del sufrimiento, debemos seguir el Noble camino óctuple.
Lo cierto es que nacemos con sufrimiento y vivimos condicionados por el sufrimiento que nos produce la enfermedad, la vejez, la muerte… Durante estas últimas semanas he ido experimentando como el dolor del pasado se hacía presente en el día a día, cobraba fuerza e identidad propia en la medida en que me permitía vivirlo. Según iba sumergiéndome, profundizando en las diferentes capas del dolor, iba tomando conciencia de cómo las emociones dolorosas de la infancia, que no supe gestionar en su día, habían viajado conmigo desde siempre, condicionando la manera de estar y de relacionarme con el entorno y con los demás.
Es como si hubiera dos realidades en una sola. Por una parte está lo que va ocurriendo en la superficie de la vida cotidiana, desde que uno se despierta hasta que de nuevo se sumerge en el sueño y por otra parte lo que ocurre en el  inconsciente propio unido al inconsciente colectivo, que la mayoría de veces no sabemos interpretar y que nos lleva como hojas movidas por el viento, alejándonos de nuestro verdadero centro, si no estamos atentos a ello.

“Nacemos con sufrimiento y vivimos condicionados por el sufrimiento que nos produce la enfermedad”

El entrenamiento de la mente para descodificar el dolor a través de zazen (la meditación sedente) es el camino que me lleva a transcender los pensamientos, las proyecciones y emociones que generan sufrimiento. Pero sobre todo me lleva a sentir la certeza de que lo único que importa ocurre en el silencio y desde el silencio. Solo podemos ser libres desde el silencio cuando aquietamos el barullo de la mente y nos permitimos sentirnos como seres infinitos.
Y es en este entrenamiento diario de la mente, cuando voy tomando conciencia de las historias tóxicas que va tejiendo el pensamiento. De cómo un simple gesto del otro puede ser interpretado de manera dolorosa, de cómo ese dolor te atrapa y te aleja de la felicidad de ser feliz con el otro, de cómo algo insignificante puede alejarte de ti mismo y llevarte a estados de aflicción y tristeza. Todo lo que está afuera no es más que el reflejo de lo que está adentro y cuando más me identifico con el espejo que los demás me devuelven, más me alejo de mi propio centro.
Siento que la clave está en romper los límites que limitan nuestra estructura de carácter, para comprender las emociones que surgen de la oscuridad y transcenderlas en amor y compasión hacia uno mismo y hacia los demás. Sentir que todo es humo, que el dolor de las emociones no son más que humo, que las películas que construye nuestra mente son tan solo humo. La mayoría de las veces sufrimos gratuitamente a causa de los pensamientos que se agigantan en nuestra mente oscilando entre la dualidad del apego y el rechazo. La capacidad de sostener el dolor del pasado que surge en el presente y poder transcenderlo es de vital importancia para vivir feliz en el presente.

“Siento que la clave está en romper los límites que limitan nuestra estructura de carácter, para comprender las emociones que surgen de la oscuridad y transcenderlas en amor y compasión hacia uno mismo y hacia los demás.”


Sólo desde la oscuridad sale la fuerza de la transformación interior, sólo iluminando las zonas sombrías de nuestras emociones inconscientes podemos romper los límites de las trampas que generan los pensamientos, y experimentar la libertad de ser libres como seres infinitos, en conexión con la inteligencia universal que habita en todos nosotros. Y es en conexión con esa inteligencia universal cuando experimento la grandeza del universo, la conciencia de ser uno con el Todo.

jueves, 23 de febrero de 2017

Los sonidos de un Monasterio Zen

Empar Roch
monja novicia de la Comunidad Budista Sotozen






Los sonidos marcan el tiempo, siguiendo los ciclos de la naturaleza  en el monasterio budista zen Luz Serena, de Requena. Ni en el mejor de mis pensamientos hubiera podido imaginar que para atravesar la conciencia del  tiempo, los sonidos iban a ser tan reveladores para mí. Se trata de un lenguaje no  verbal, un lenguaje no escrito, que atraviesa el espacio y se propaga más allá de la mente pensante, más allá de la densidad de cuerpo, más allá de los rituales ancestrales de cualquier cultura, o religión.

Los sonidos del monasterio me devuelven una y otra vez al presente. Aunque en ocasiones me ausente, aunque me pierda en divagaciones mentales, ellos me ayudan a retomar el instante eterno del ahora. Me ayudan a crear un hábito, una manera de iluminar el instante desde la presencia, a encender la luz de la conciencia para alumbrar las zonas oscuras y poder comprenderlas, a adiestrar la mente, la parte más salvaje del yo ilusorio, día a día, instante tras instante. Me ayudan a entrar en contacto con la totalidad de la vida “En realidad son el verdadero cuerpo y el verdadero espíritu de los Budas y Patriarca y sus sonidos deben ser aprehendidos como la verdadera enseñanza más allá de las palabras” Jundo-Shiki, Eihei Dôgen (Traducción de Dokushô Villalba)

Anunciar el despertar de la mañana con la campanita, shinrei recorriendo el monasterio, sintiendo el contacto de la tierra bajo los pies, la cúpula del cielo nítido y estrellado en una mañana sin nubes, o la humedad de la niebla en el rostro, cuando el oscuro cielo amanece con una espesa capa blanquecina. Sentir el olor de la tierra, la brisa fresca de la mañana penetrando a través del olfato, sin filtros, sin pensamientos, percibiendo la vida corporal plena que emerge tras el sueño. O contemplar al paso las siluetas de los pinos que se perfilan con la clara luz de la luna llena, mientras la sombra de sus ramas se reflejan en el suelo como raíces expandidas.

“El mokugyo tiene la facultad de sacar a la superficie, miedos, angustias, inseguridades, que laten más allá de la piel”

Experimentar el golpe seco del mazo sobre el madero, o moppan  anunciando la llamada para la sala de la meditación sedente, zazen. El sonido del Inkin revelando los movimientos del maestro. Podría cerrar los ojos y tan solo por el sonido saber lo que está ocurriendo en el dojo, o sala de meditación. Tocar el umban anunciando el desayuno, el sonido metálico que se esparce por la montaña y que tiene la grata cualidad de unificar su propio sonido con los sonidos de la naturaleza, con el bello paisaje de pinos verdes que se extiende tras la campana, con mi propio cuerpo y mi mente en el instante mismo en el que toco el metal. El taiko, el gran tambor que anuncia el comienzo y el fin del samu, o trabajo consciente. Cada vez que me arrodillo frente a él, lo siento como una enorme esfera redonda que simboliza el planeta tierra dormido, al que intento despertar con cada golpe que ejecuto.

Mi relación con el mokugyo, el tambor que marca el ritmo de la ceremonia  en la recitación de los sutras (enseñanzas del Budha y de algunos de sus discípulos), nunca ha sido fácil para mí. El mokugyo ha sido y sigue siendo, una especie de termómetro de cómo me siento. Tiene la facultad de sacar a la superficie, miedos, angustias, inseguridades, que laten más allá de la piel, en la zona más oscura y sombría de mí. Quizás esa misma intensa relación, sea la que me ha llevado a una de las experiencias más bellas y penetrantes que he tenido hasta el momento, en la ceremonia que tiene lugar después del zazen, la meditación sedente.

Ocurrió una mañana durante la recitación de El Sutra de la gran sabiduría. Comencé, como siempre, a marcar con el mokugyo el ritmo de la recitación de los monjes y residentes que participábamos, junto al maestro Dokushô, en la ceremonia. Pero en esta ocasión todo fue diferente.  Durante los primeros compases del instrumento sentí como si la materia gris de mi cerebro se reblandeciera, se volviera esponjosa, permitiendo que el sonido del tambor traspasara mi cuerpo y derribara cualquier resistencia física, o mental. A cada golpe de mokugyo el significado de las palabras de El Sutra de la gran sabiduría penetraban en mi corriente sanguínea, abriéndose como una flor de loto, a una comprensión nunca antes experimentada. Era como si la corteza cerebral de mi cabeza hubiera abierto sus puertas y ventanas, dejando paso al sonido de los sutras, a las notas musicales, al oculto significado de las palabras del sutra. El músculo de mi cerebro se había convertido en una parte más del cuerpo, sin otra función que la de entregarse por completo a la recitación del sutra, al puro gozo de tocar el mokugyo y experimentar la comprensión de la palabra desde la misma conciencia del ser, sin pensamientos, sin juicios, sin ningún tipo de densidad emocional que condicionara la grata expansión de conciencia que experimentaba.

Esta experiencia se dio sin más y se diluyó sin más en la nada, solo queda el vestigio de una puerta que se abrió a la comprensión del significado de suniata, o vacío, en el que, como  el mismo Sutra dice “Sólo hay mushotoku: nada que obtener.”

Referencia: dehumano.com

viernes, 6 de enero de 2017

Vivir el cuerpo sin el cuerpo, la mente sin la mente


Después de vivir dos años y medio en el Monasterio Budista Zen Luz Serena y de haber tomado los hábitos de monja, empiezo a comprender las palabras de Eihei Dogen, maestro budista japonés fundador de la escuela Soto Zen en Japón, cuando habla de que “Zazen (meditación sedente)y vida cotidiana son no dos”
Meditar cada día por la mañana, meditar cada día por la noche, me lleva a un estado de vibración en el que no importa que esté meditando en el dojo, o que esté cocinando en la cocina, o comiendo, o dando un paseo entre los pinos. Zazen es para mí un acto de abandono, una manera de soltar las capas enquistadas en la mente y en el cuerpo, de vaciarme por dentro y conectarme directamente con el universo, desde el amor y el agradecimiento de estar viva, de experimentar el cuerpo y la mente, sin el cuerpo y la mente formando parte de un Todo.
Cuando apago la voz de la mente, cuando el silencio sucede, el universo entero eclosiona en el interior del cuerpo. Y aunque todo lo viva a través del cuerpo, éste se vuelve permeable, incluso en determinadas ocasiones se expande sin las aristas y contornos que lo delimitan normalmente, ya sea en zazen o en la vida cotidiana, generando un gozo y una felicidad que ni siquiera soy capaz de describir.

“Zazen es para mí un acto de abandono, una manera de soltar las capas enquistadas en la mente y en el cuerpo”

Una de las experiencias más gratificantes para mí es la comida con los cuencos oryoki, durante los retiros de meditación zen. El hecho de comer en silencio y en estado meditativo, me lleva a tomar conciencia de cómo los alimentos que voy ingiriendo nutren mi cuerpo, de cómo se convierten en sangre, de cómo fortalecen mis huesos, de cómo me permiten acceder a la vida. Experimentar la grandeza de los alimentos en el cuerpo es un acto de amor hacia la vida, un acto de agradecimiento hacia la tierra que nos alimenta y que generalmente ignoramos y maltratamos. Sentir los nutrientes del campoa través de las frutas y verduras como el calcio, el fósforo, el magnesio, el azufre…, el oxígeno del aire, el agua del riego y de la lluvia. Sentir el universo entero generando las circunstancias idóneas para que esto suceda. Aunque construyamos ciudades de asfalto, aunque vivamos en torres de cemento, imposible vivir de espaldas a la naturaleza, porque la naturaleza está dentro de nosotros mismos, nos alimentamosde ella cada día.

“Cuando apago la voz de la mente, cuando el silencio sucede, el universo entero eclosiona en el interior del cuerpo”

Zazen es para mí una actitud ante la vida cotidiana que va más allá de estar sentada sobre el cojín de meditación, es un estado de conciencia que lo abarca todo y que actualiza, en cada momento, nuestra auténtica naturaleza búdica y sagrada. Cuando el cuerpo, quieto en estado meditativo, o tendido sobre la cama, o caminando entre los pinos, o sentado sobre las rocas junto al marsintiendo el sol del atardecer en el rostro, se diluye con la respiración, ni siquiera soy un cuerpo respirando, soy tan solo una energía vibrando en medio del universo, un  amoroso estado de conciencia que hace que me sienta en casa, esté donde esté y haga lo que haga. No hay separación, no hay dualidad posible porque todo está en todo y separarnos de ese Todo es lo que nos genera dolor y sufrimiento.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

LIBERACIÓN DEL EGO - TRANSFORMACIÓN INTERIOR




“La Vía está justo bajo tus pies” nos dice Eihei Dôgen, maestro budista japonés fundador de la escuela Soto Zen japonesa. Y es cierto La Vía está justo bajo mis pies, esté donde esté, vaya donde vaya. Incluso en la misma ciudad, en el mismo supermercado en el que compro cada semana para el Monasterio Zen, se halla la Vía. 
 Cuando tomé la decisión de quedarme a vivir en el templo, no llevaba implícita la idea de hacerme monja budista. Sucedió una mañana, exactamente, el seis de agosto del 2015, a las 13:30, mientras realizaba las compras en el supermercado para el retiro del Ango de verano, cuando todo se dio. Fue solo un instante liberado del tiempo y de la forma, un instante el que cambió mi vida de manera definitiva e irreversible, un instante del que ya no ha habido vuelta atrás. Algo se desquebrajó dentro de mí, algo hizo que mis entrañas ardieran y saltaran por los aires. Fue como una explosión a nivel energético. El detonante, un simple enfado, un insignificante enojo el que llevo a mi Ego a abandonarme, a dejarme sola en medio del supermercado, junto al carrito de la compra, en el pasillo de los frutos secos y los botes de conservas. Me quede vacía, deshabitada de los múltiples personajes que pueblan mi mente y condicionan mi vida en el día a día. Fue como una liberación, como abrir las puertas de una prisión interna para dejar paso a la luz del sol, como penetrar en el sagrado espacio del silencio, en medio del bullicio externo. Mis habitantes adheridos a la piel y a la memoria desde siempre, se diluyeron en la nada. La fábrica de pensamientos, acostumbrada a emitir como una antena parabólica cualquier tipo de ideas, sentimientos, juicios, especulaciones, se vació de miedos en medio del barullo y el rumor del gentío. Mi cuerpo era el mismo, la gente a mi alrededor era la misma, el lugar era el mismo. Todo aparentemente era lo mismo, pero nada era lo mismo.
 Todavía hoy no sé exactamente lo que ocurrió, pero lo que sí sé es que algo se sanó dentro de mí. Algo hizo que mi conciencia se abriera a vivir el instante con una capacidad de percepción fuera de los límites de la mente estructurada y pensante. En esta ocasión, fue un cambio definitivo a nivel interno. Ni siquiera tuve que tomar la decisión de hacerme monja budista, sino que se dio de un modo natural después de la experiencia vivida.
 Despertar a la vida para descubrirla entera y sin limitaciones, abrir los ojos y reconocerme en ella desde la mirada inocente del amor. Amar el silencio, los espacios desnudos de pensamientos, emociones cambiantes y apegos. Vivir el amor hacia todo y hacia todos como un aprendizaje, como principio y fin de cada día. Esta transformación interior me ha llevado a no esperar nada de la vida, sino más bien a cuestionarme qué es lo que la vida espera de mí. Y sobre todo a fluir en comunión con ella, formando parte de ella, desde un nivel de vibración, en el que los pensamientos ya no se encuentran al servicio del ego, sino más bien al servicio de un orden superior de conciencia que va más allá de la individualidad de uno mismo.
 Buda nos enseñó el camino, abrió una senda por la que atravesar todo el ruido interno y llegar hasta nuestro verdadero Ser liberado de cualquier sufrimiento. Pero para llegar a nuestro verdadero Ser, primero hay que franquear el oscuro túnel en el que nos hemos perdido, el Ego.

lunes, 24 de octubre de 2016

Homenaje a la vida



Experiencia de una monja novicia



 “Cada instante de la vida es una elección” 



Mi cuerpo envejece por fuera, mientras la vida me recorre por dentro. Cuando dejo de buscar fuera lo que solo está vivo dentro, es cuando conecto con la inmensa generosidad con que se da la vida en cada momento. Cuando me abro a vivirla, a experimentarla, a sentirla con total intensidad, cuando atravieso los límites del yo egoico y me sumerjo en lo más profundo del instante, es cuando percibo que la alcanzo y me disuelvo en su origen, que nace en el mismo latido del corazón. 

Siento que la vida es para vivirla, para amarla desde adentro, desde lo más profundo, desde lo que verdaderamente importa, el amor. Es como deslizarse por un tobogán que te lleva hacia el centro neurálgico de la propia existencia, mientras atraviesas paisajes, diferentes niveles de conciencia que se despliegan en cada pensamiento, en cada sentimiento, en cada emoción provocada por el gozo o el dolor. 

Miro hacia donde miro, la vida está siempre en su máximo apogeo si la observo desde dentro. Hasta en la misma compostera, del Monasterio Zen donde vivo, estalla la vida en continuo movimiento, en ese darse a sí misma, en esa transmutación alquímica que se produce cuando los restos de alimentos se pueblan de gusanos, moscas, cucarachas, tijeretas, escarabajos, ciempiés. Toda una fauna orgánica que luego abonará y enriquecerá con sus nutrientes la tierra, en la que crecerán las frutas y verduras que llevaremos a nuestra mesa y que a su vez nutrirán nuestro organismo de manera indispensable para mantenerlo vivo.

Mi cuerpo envejece por fuera, mientras la vida me seduce por dentro. El crepitar de la lluvia fina que cae estos días en el Monasterio Luz Serena, alimentando el bosque de pinos verdes y plantas silvestres. El frescor en el aire, la humedad de la tierra, los aromas, los olores, el color de la vida desplegándose en la mañana. Todo se percibe con mayor intensidad y gratitud desde la mirada interna de las cosas. A mayor interiorización, mayor plenitud con el que se vive el momento. 

Sentir el silencio de la vida en la meditación (Zazen) de la mañana o de la tarde. Experimentar el gozo o la tristeza de estar viva y entregarse con el cuerpo, con el alma, al fluir de la existencia, al movimiento que emerge en cada situación en el día a día, en cada relación que nos devuelve como en un espejo nuestra propia realidad del presente.

Amar la vida significa poner el corazón en cada acto, en cada tarea, en cada momento que se va dando desnudo de ego y de juicio hacia uno mismo y hacia los demás. Y es entonces cuando la vida se abre y me devuelve con creces todo su amor.