domingo, 17 de noviembre de 2013

CALENDARIO 2014 MONASTERIO ZEN LUZ SERENA



Calendario-Almanaque 2014 del Monasterio Zen Luz Serena 


Dentro de unos días verá la luz el nuevo Calendario 2014 que la Comunidad Budista Soto Zen ha editado en conmemoración del 25 Aniversario de la fundación del Monasterio Luz Serena.
Este año las protagonistas del calendario son las Aves de Luz Serena, una magnífica selección de fotografías que nuestro querido amigo Juanjo Segura tomó en el monasterio a lo largo del año.
La donación es de 6 € por calendario.

Si quieres recibirlo, ponte en contacto con la secretaría de la CBSZ en info@sotozen.es o llamando al teléfono 962 30 10 55.


domingo, 10 de febrero de 2013

COSAS QUE NO SE RECUPERAN




Una muchacha estaba aguardando su vuelo en una sala de espera de un gran aeropuerto. Como debía esperar por muchas horas, decidió comprar un libro para matar el tiempo. También compró un paquete de galletas.

Se sentó en una poltrona en la sala VIP del aeropuerto para poder descansar y leer en paz. Al lado de la poltrona donde estaba la bolsa de galletas, se sentó un hombre que abrió una revista y comenzó a leer. Cuando ella tomó la primera galleta, el hombre también tomó una.

Ella se sintió indignada, pero no dijo nada. Apenas pensó: "Pero, que descarado". "Si yo estuviese más dispuesta le daría un golpe en el ojo para que nunca más se le olvide." Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre también tomaba una. Aquello la dejaba tan indignada que no conseguía reaccionar. Cuando quedaba apenas una galleta, pensó: "ah... ¿qué será lo que este abusador va a hacer ahora?"

Entonces el hombre dividió la última galleta por la mitad, dejando la otra mitad para ella. ¡Ah! ¡Aquello era demasiado! ¡Se puso a bufar de la rabia! Entonces cerró su libro y sus cosas y se dirigió al sitio de embarque.

Cuando se sentó, confortablemente, en una poltrona, ya en el interior del avión, miró dentro de la bolsa y para su sorpresa su paquete de galletas estaba allí... ¡todavía intacto, cerradito! Sintió tanta vergüenza. Sólo entonces percibió lo equivocada que estaba ¡Había olvidado que sus galletas estaban guardadas dentro de su bolsa!

El hombre había compartido sus galletas sin sentirse indignado, nervioso, consternado o alterado, mientras que ella quedó muy trastornada, pensando que estaba compartiendo las de ella con él. Y ya no había más tiempo para explicar... ni para pedir disculpas. ¿Cuántas veces, en nuestras vidas, estamos comiendo las galletas de los demás y no estamos conscientes de ello?

¡Antes de llegar a una conclusión, observa mejor!
¡Tal vez las cosas no sean exactamente como piensas!
No pienses lo que no sabes acerca de las personas.

Existen" cuatro cosas en la vida que no se recuperan jamás:

- Una piedra después de haber sido lanzada.
- Una palabra, después de haber sido proferida.
- Una oportunidad, después de haberse perdido.
- El tiempo, después de haber pasado.

martes, 24 de enero de 2012

EL REGALO

A mi madre le gustaba mucho escribir. Yo lo heredé de ella. Su caligrafía era casi perfecta. Dejó de hacerlo desde que asumió el negocio de papá. Cuando no se me ocurrían cosas, las copiaba de un texto que me gustase. Así de esa manera lo memorizaba y me ayudaba a fortalecerla. Ahora ya soy vieja, y por eso, puedo recordar muchas cosas...
De entre todas mis hermanas, yo era de las mayores. Delante de mí iban dos. La primera, monja de clausura. La segunda ayudaba mucho en las tareas de la casa, pero no tenía carácter. En cambio mi genio me hacía ser más resolutiva. Al no estar mi madre en casa, yo la organizaba.
Un día mi hermana recibió una carta de su novio. Él se había ido a trabajar al extranjero para hacer un poco de dinero y así casarse. En ella le decía que le mandaba un obsequio. María se volvió loca de alegría. Reconozco que entonces sentí una poderosa envidia: no tenía novio y menos un regalo de un hombre.
Durante un tiempo mi hermana iba casi a diario a la Oficina de Correos para preguntar por su regalo. No llegaba. Un día tras otro subía las escaleras salomónicas que conducían a la entrada de la oficina, donde las ventanillas se disponían en un cuadrado perfecto. Al entrar, el ruido mundano de los funcionarios y los clientes producían en un ruido ensordecedor. La espera para ella valía la pena por la ilusión de encontrarse el paquete y descubrir el regalo. La respuesta del funcionario siempre era la misma.
—No hay nada para usted, señorita.
—¿Está usted, seguro?
—Seguro.
Las visitas a la estafeta se repetían sin cesar. En las últimas ocasiones cuando el funcionario la veía trataba de escabullirse. La amabilidad de aquel hombre desembocó en un mal humor bastante airado. Mi hermana con un estilo rimbombante le contestó muy enojada. Sus ojos se llenaron de aguas de impotencia, y el bigote del funcionario se encogió al tiempo que hacía con sus labios una mueca de insolencia. La ventanilla estaba en la parte baja de la Oficina al lado del reloj que colgaba del techo de unos eslabones grandes. Marcaba las doce del mediodía.
Había pasado un mes desde que llegó la carta. Mi hermana lo daba por perdido. Días más tardes, cuando ya no tenía ninguna esperanza, recibió una carta del Comisionado de Aduanas en la que le decían que había un paquete para ella, pero que no se lo podían entregar por estar decomisado. No tardó un instante en marcharse hacia el puerto. Volvió a casa en un mar de lágrimas. Mi madre me pidió que fuera yo a tratar de recuperarlo. ¿Qué será?, me pregunté.
Al día siguiente me presenté en la Aduana. Estaba enfrente del comisario pidiéndole explicaciones. Le enseñé la carta. Él con un gesto de perspicacia entrecerrando los ojos al tiempo que se echaba encima de la gran mesa de madera me dijo:
—Lo siento señorita... No le puedo entregar el paquete. Está decomisado.
Yo no me retraje y le exigí con firmeza que me lo diera. O al menos que me dijera por qué no me lo podía dar.
Masticando las palabras me lo repitió:
—No se lo puedo dar.
En un momento me quedé paralizada y no pude reaccionar, pero aquel silencio me ayudó y le contesté:
—¿Por qué?
Aquel hombre corpulento con su mostacho de color negro y blanco y labios bembones me miró, puso las manos sobre la mesa para apoyar con contundencia su argumento, y me dijo:
—Porque en éste país, este tipo de cosas, está prohibido tenerlas. ¿O es que no sabe que todos los paquetes sospechosos se abren? Pues ya va siendo que lo sepa, señorita.
—Pero al menos, ¡dígame qué es!
El hombretón se levantó y extrajo de una armario una caja de madera con el lacre roto y la cuerda colgando. Cuando estaba encima de la mesa la abrió y lo que vi me causó tal impresión que reaccioné. Le conté el drama de mi vida. Que mi padre se había muerto y que necesitábamos una alegría en casa para superar tal evento. Él me miró fijamente y me dijo:
—Señorita aquí, en éste país, está prohibido escribir.
Lo miré con ternura. No recuerdo que más le conté pero algo le debió influir. Quizá mi convencimiento y mi tozudez. Tomó el regalo en sus manos y me la dio. Le di las gracias y me marché ligera con la pluma estilográfica en el bolso. Desde entonces escribo con ella.

martes, 27 de septiembre de 2011

El té de las cinco

Era un acto religioso. Todas las tardes cuando el reloj del salón anunciaba con su toque las cinco campanadas, en la mesa camilla que estaba junto a la ventana, el té humeante embadurnaba el ambiente de aquel lugar que olía a una agradable insinuación al cotilleo. Por la ventana él veía a la dulce dependienta abrir la tienda de lencería. Y soñaba cada tarde con invitarla a tomar el té, pero algo se lo impedía.

lunes, 28 de marzo de 2011

DUDA


Camaleón... Dormitorio... Las dos expresiones se le amontonaban y las intentaba unir sin ningún éxito. Le daba vueltas y vueltas, de un lado para otro. Las historias se le depositaban como una piña de ideas y de cosas apelotonadas. Los adjetivos se le escapaban y los verbos no se manifestaban. La hoja en blanco amenazaba..., y cumplió su chantaje. Nada puso en aquel papel. Solo repetía las dos palabras. Una y otra vez. Las escribía de derecha a izquierda; de arriba abajo; de abajo arriba; ladeadas. Pero nada. Ninguna idea le surgía.
Cuando entró en el dormitorio Eloy —desesperado— se quedo desalentado fantaseando con un camaleón en su dormitorio. Encima de su cama veía al lagarto. Estaba ensimismado imaginando cualquier historia que le pudiera convencer. Nada le venía. Retumbado en el sofá de la alcoba estaba extasiado razonando como caminaba el camaleón lentamente, pero no tenía ningún sentido para él. No encajaba en ninguna trama.
Escuchaba a “Mano lenta”. Le fascinaba su manera de tocar la guitarra. Era como un camaleón. La tocaba dejando que cada nota sonara de una forma nítida y clara moviendo lentamente sus dedos: como un camaleón. El dormitorio era de colores. Su mutación continua daba a la habitación una atmósfera cálida. El molinillo de colores no cesaba. Eso le satisfacía, porque elevaba una canción al movimiento. No le gustaba la quietud. En situaciones concretas saboreaba quedarse en tinieblas para desarrollar su percepción auditiva, aunque esto —pensaba—: «es una jeremiada». La guitarra de Eric Clapton seguía sonando en una dulce maravilla de contradicciones. Como la vida del guitarrista.
Elisa entró en el dormitorio. Vio encima de la cama a aquel camaleón. Giró la cabeza hacia la ventana y el terrario estaba vacío. Con una exacerbación incontrolada le gritó: «¡Qué hace ese bicho asqueroso encima de la colcha de la abuela!». Eloy no le respondió.

viernes, 21 de enero de 2011

CADENCIA XII



Cuando la aurora canta,
el amanecer despierta.
El rocío se funde.

viernes, 31 de diciembre de 2010