miércoles, 25 de marzo de 2009

CUENCO

Era al atardecer. Cuando el sol empieza a ocultar la miseria del día entre los aledaños de los olivos y las ciénagas. El invierno comenzaba a despuntar y a comerse al efímero otoño que ya no podía sostener el calor agradable de la entrada de la estación invernal. Desde el umbral de la puerta de su casa Patricio observaba como la escena de la puesta de sol le evocaba tiempos pasados. Ahora estaba solo. Ya no tenía nada. Solo le quedaban los campos y a su amado Cuenco. El único que había sobrevivido a los sucesos de la época. María estaba enterrada debajo del álamo. Mariano, su hijo, había abandonado el pueblo hacía varios años. Solo se veían en contadas ocasiones al año.
Patricio cogió la pipa del bolsillo de su chaqueta de pana. La cargó y la encendió. La primera calada la aspiró de tal manera que su cuerpo se inundó de aquel olor singular. La tez se le frunció al tiempo que manifestaba, con aquel gesto, una pequeña cualidad humilde y modesta.
Era cierto. El era así. Era modesto hasta en sus modales. No le gustaba contrariar a nadie. Ni le gustaba que nadie se sintiera incómodo por alguna de sus actitudes. En el pueblo era bien conocido por esta circunstancia. Además tenía buen porte. Era alto y a pesar de sus años seguía manteniendo esa buena planta que tanto había alardeado su mujer.
Recordó en aquel instante cuando plantó los olivos con su padre. Los ánimos y consejos que le dió le evocaron una pequeña pena porque parte de los suyos ya no estaban con él. Miró a Cuenco, que ya deambulaba con pesadez. Subió el pequeño escalón del porche. No podía durar mucho más. Se sentó torpemente encima del pie derecho de su amo, al que le transmitió en un instante un difuso calor agradable. Al mismo tiempo sintió un hormigueo que le recorrió todo el cuerpo, como si en ese instante el perro le diera todo lo que necesitaba. Una prueba de cariño y amistad. Fue, ese momento, el último acto de Cuenco.

jueves, 12 de marzo de 2009

EL VEDOIRO

Manuel estaba nervioso. Sus ojos le saltaban. Entreabrió la puerta de la paridera y la volvió a cerrar. Regresó sobre sus pasos y tomó el desvío que había después de la casa. Aquella calzada lo llevó al cementerio. Allí estaba la iglesia. Entró en ella con la mirada fija en el suelo. Afuera llovía. Se paró y miró a su alrededor, a la izquierda y a la derecha, con el paraguas abierto. Se formó un charco de agua. Siguió andando por la nave central y súbitamente cerró el paraguas. La gabardina le chorreaba. El barro fue dejando su huella. Siguió de frente hacia el altar. Se paró a la altura del confesionario del párroco y se dirigió hacia él. Tocó en la puerta, abrió las portezuelas y no lo encontró.
—¿Qué haces por aquí Manuel? Parece mentira lo que has crecido.
—Busco a Don José, Ramona. ¿Lo ha visto?
—Esta mañana. Iba a la misa del pueblo de al lado. Aún no ha venido. Pero me imagino que no tardará en venir porque me tiene que dar las llaves para limpiar los candelabros que están en la sacristía.
—Yo necesito verlo urgentemente.
— ¿Pues si quieres esperarlo? O ven mas tarde.
Manuel se sentó en el banco que había delante de la sacristía. Se quitó el impermeable y lo zarandeó sacudiendo el agua que aún le quedaba. El suelo empedrado se llenó de salpicaduras. Ramona al oír el ruido se volvió. Estaba inquieto. No paraba de moverse. Se levantaba y se volvía a sentar. Cruzaba las piernas y las descruzaba. Recorría el banco de un lado a otro. Un portazo de la puerta de la iglesia le hizo girarse sobre sí mismo. No era el párroco, sino una mujer encorvada y con gayata que arrastraba los pies. Su movimiento era lento, pausado y armonioso que resonaba en el silencio de la iglesia. Se sentó cerca del altar. En la primera bancada. Posó el bastón sobre el banco sin ningún miramiento de no hacer ruido. Ella se arrodilló y cubrió su cara con sus manos. Manuel cuando levantó los ojos, se fijo en ella y exclamó:
—¡Pero si es…!
En ese momento la puerta de la iglesia se volvió a golpear. El semblante de Manuel reflejó un momento de regocijo al ver acercarse al cura por la nave izquierda. Se le acercó como cortándole el paso.
—¿Qué pasa Manuel?
—Don José estoy asustado. Tengo miedo. Lo que le voy a contar es un reto para mí.
—¿?
—Mire. La semana pasada en la misa del funeral de Doña Carmen cuando usted hizo el responso antes de que se la llevaran al cementerio, las velas del lado izquierdo se apagaron. ¿No las vio usted?
—Yo no vi nada.
—No me diga eso.
El cura lo cogió del brazo y se lo llevó a la sacristía. Entraron en ella y trató de calmar al muchacho. Pero su nerviosismo lo hacía encabritarse aún más.
—Lo de las velas sería alguna fantasía tuya. ¿Cuántas veces me has venido contando historias extrañas? Al final son todo mentiras. Ilusiones que te haces.
—No. ¿Sabe que en el pueblo hay una leyenda que cuando se apagan las velas durante un funeral alguien se va a morir pronto? No. No lo sabe porque usted lleva aquí poco tiempo. Y nunca le ha pasado. Y usted me toma como el tonto del pueblo, ¿verdad?
—Manuel, no digas eso. Son tonterías...
—Por eso no me cree. Sepa que según esa leyenda si se apagan las de la izquierda morirá un hombre, y si son las de la derecha se morirá una mujer…
—¡Vale ya!, Manuel. Sólo Dios Nuestro Señor sabe el día de la muerte y es el único que nos llevará a la otra vida. Mira hazme un favor y eso es por tu bien. Vete a casa y tranquilízate.
Los gritos del eclesiástico alarmaron a Ramona que se acercó a la sacristía. Detrás de la puerta oía la conversación. Ramona al oír aquello se santiguaba y miraba al cielo al mismo tiempo que recitaba una jaculatoria a la Virgen de la Barca. La mujer que estaba en el banco no se inmutaba. No hacía ningún gesto.
El muchacho no se quería ir. El cura le insistía que se marchara. La negación era reiterada.
—Mire Don José, quiero que me confiese.
—¡Hombre!, no.
—Sabe que no se puede negar.
Ramona se acercó al altar de San Antonio que estaba al lado de la sacristía simulando que estaba limpiando la imagen cuando salió Manuel. Lo miró. El recogió del banco su paraguas y el impermeable y se acercó al confesionario del cura, detrás de él, unos momentos después, apareció éste revestido con un roquete y una estola morada. El semblante tenso con las cejas pobladas marcaba su faz con las arrugas que le poblaban toda la cara por los dos lados. Al mismo tiempo cuando pasó a la altura de Ramona la miró en un acto de complicidad a la vez que iniciaba un resoplido. La mujer ni se inmutó. Cuando pasó por delante del sagrario el cura hizo una genuflexión. Manuel lo esperaba de pie delante del confesionario. Cuando llegó el cura se sentó cerró la puerta y Manuel se acercó y se quiso arrodillar pero se encontró con una advertencia del cura.
—Si quieres confesarte hazlo bien. Prepárate como es debido. Examina tus pecados, haz acto de contrición, y después te acercas.
Manuel se puso en un banco que había a la altura del confesionario. Dejó el paraguas y su impermeable. Después de un rato se acercó al confesionario se arrodilló y se puso delante del cura. El cura puso la mano sobre su cabeza ladeada. Los ojos los tenía cerrados. En un momento se tiró hacia atrás como si algo le hubiera movido el cuerpo. Empujó al muchacho abriendo con energía la contrapuerta del confesionario. Rodó por los suelos y se marchó directamente a la sacristía. Se quitó las ropas y corrió por la iglesia hacia la calle. La sotana al viento mostraba los pantalones negros.
Ramona que estaba al tanto de lo que pasaba se acercó al muchacho y le preguntó:
—¿Qué pasa Manuel?
—Que Don José no me quiere creer.

Cuando Ramona estaba asistiendo al sacerdote que había venido a oficiar el funeral le preguntó:
—Ramona, ¿usted sabe que ha pasado con Don José?, porque era un hombre joven y fuerte. ¿Por qué ha muerto?
—Usted si que me va a entender Don Francisco.
—Rápido que estoy impaciente.
—Manoliño, como le llamo yo, tuvo una desgracia cuando lo bautizaron. Sólo lo sabíamos Don Eulogio que fue el anterior párroco y yo. Al rapaz lo bautizó, por error, con los óleos de los muertos.
—¡Jesús! Un vedoiro

Don Eulogio se quitó la casulla, la estola y el alba. Sin ningún otro comentario hizo una inclinación al crucifijo que había en la sacristía y se fue cabizbajo al cementerio.

miércoles, 11 de marzo de 2009

LA SEÑAL DE LA TENSIÓN (Cara y cruz)

Jan empujó el plato hacia el centro de la mesa y con la boca medio llena murmuró un sonido imperceptible. Se levantó. Tiró la servilleta sobre la mesa manchándola al caer encima de la comida. Salió de la cocina. Dio un portazo y se encerró en la habitación.

Era un jueves de noviembre. Los noventa habían pasado y ya los dos mil estaban haciendo sus jugarretas. Julia había decidido no ir a clase de Historia de Aragón que organizaba una entidad financiera para las mujeres de sus empleados. Allí se juntaban las señoronas, venidas a menos, que paseaban sus menopausias y sus alhajas de una forma más cultural; para unas era una excusa; otras, se escabullían de su hábitat familiar y, así disfrutar de un día libre sin tener que aguantar a sus maridos en unos casos y, en otros, de la saturación de los nietos huérfanos de padres por horas. Iba pensando en sus mundos. Pensó en llamar a Lidia y no lo dudó, la llamó al móvil.
—Lidia, ¿a qué hora sales?
—En estos momentos estoy fichando —le contestó.
—Si quieres te voy a buscar y nos tomamos algo.
—¡Vente! —le dijo—. Te espero en la puerta de personal. Hazme una llamada perdida cuando este cerca. ¿Julia ocurre algo?
No la pudo escuchar. Había cortado ya la comunicación.
Julia y Lidia estuvieron una temporada sin verse. Se perdieron de vista. Lidia emigró y volvió. Allí estaba su amiga en los momentos difíciles de la vuelta. Alguna vez se lo recordaba: “Nunca te pude agradecer lo mucho que hiciste por mí cuando volví. Llegue tan desencantada...”
Cuando se vieron Lidia estaba inquieta porque Julia raro era que se saltara un día de clase, sobre todo de una asignatura que le gustaba mucho.
—¿Pasa algo, Julia? —le pregunto con cierta preocupación.
—No. Si te soy sincera no me apetecía ir a clase de Historia y decidí llamarte para hablar de nuestras cosas.
Hablaron de Jan, de las reformas de la casa, de la vuelta de Lidia de sus madres y de... Lidia había tenido una aventura que no salió bien. Lo dejó todo por él. El disgusto de su madre fue tremendo. No tanto el de su padre. La vida la abofeteó y no quería volver a poner la otra mejilla. Con una vez ya valía, —pensaba.
—Lidia, estás soñando despierta —dijo Julia—. ¿Qué es eso de que una vez ya vale?
—No nada. Pensaba en lo de Alberto. Fíjate que después de tantos años se rompió todo por la mierda del trabajo. No podía soportar que sus bichos fueran más importantes que yo.
Durante un rato se quedan calladas... Sin hablar. Era el silencio el que hablaba.
Bueno Julia, y ahora canta, le dijo Lidia exigiéndole una explicación jocosa a su pirola de clase de Historia.
Julia tragó saliva. Estaba muy nerviosa. Y con un alegría inusitada le dijo:
—Lidia estoy embarazada.
La expresión de su amiga se transformó en un beso sonoro y cadencioso.
—Cuenta tía, cuenta...
Julia tenía ganas de contárselo y comenzó sin ninguna duda ni tardanza.
Estaba en el baño de la oficina enfrente de mi misma. Allí sola me decía: “Julia será o no...” Al cabo de los minutos salió el resultado. Me miré al espejo. Me observé y los ojos empezaron a chispear y grité para mí: “¡Sí Jan ya es nuestro! Lo conseguimos”. Lloré. Me sentí mujer. Y recordé como lo habíamos tenido. Jan no tardó en saberlo: el tiempo que tardé en coger el teléfono.
Era agosto. Jan y yo fuimos al Pirineo. Queríamos que allí nuestras vidas se unieran de una forma singular y para siempre. Localizamos un refugio de montaña. El valle estaba hermoso. La sierra se veía verde. Un mar de inmensos colores bañaba las laderas, que a la vez inundaban nuestros ojos, y nos hacían vivir unas emociones que vibraban entre nosotros.
Cayó la noche. ¡Qué maravilla! Después de cenar estuvimos viendo aquella inmensidad de estrellas. Jan me enseñó las diferentes constelaciones.
—¡Mira!, aquella que parece un triángulo es Capricornio. La que esta a la derecha y que parece la corona de un rey es Sagitario, y esa otra que está al lado de capricornio es Acuario, y aquella... Estuvimos haciendo planes de nuestra vida. La noche era muy agradable. Hacía calor.
Nosotros sabíamos a lo que habíamos ido. No teníamos ninguna duda. El albergue estaba lleno y la noche nos acompañaba. Fuimos paseando por la llanura. Los dos buscábamos lo mismo: un lugar tranquilo para poder hacer el amor. Allí a dos mil quinientos metros de altura fuimos a concebir a nuestro hijo. Encontramos un lugar mullido. El invierno había sido lluvioso. Empezamos y seguimos. La noche nos llamaba a la gran aventura de la evolución. Me entregué a Jan. Yo lo sentí dentro de mí. Las pasiones que me produjeron aquella eyaculación, me hicieron presentir que algo dentro de mí había sucedido. Me llevó a una sensación de paz y de sensación que no pude describir. Sólo articulé dos palabras abrazando a Jan: “Te quiero.”
—Yo también, Julia, —me contestó entrecortándosele las palabras.
Durante un buen rato estuvimos los dos desnudos mirando al cielo. No nos dijimos palabra alguna. Lo que había entre nosotros nos unió. El baño de estrellas que nos rodeaba era una sensación de paz. Inolvidable.


Habían pasado dos meses desde que Gonzalo nació. Lidia era su madrina. Estaba loca y se había volcado con él: era su primer ahijado. Las visitas al pediatra eran frecuentes. Julia temía por su hijo. Al ser primeriza cualquier cosa que le pudiera pasar a su bebé no se lo podría perdonar. Jan estaba volcado en su trabajo. El ascenso, que coincidió con el nacimiento de su hijo, tuvo que sacrificar su estancia en casa. Viajaba mucho. Los ascensos se pagan con la ausencia del hogar —pensaba Julia—, mientras acariciaba a su hijo.

El fin de semana llegó. Julia lo esperaba. Jan había estado toda la semana fuera, en Estrasburgo, aunque habían hablado casi todos los días. Había un tema que quería hablarlo pero consideró que no era para hablarlo por teléfono.
—Mira Jan —le dijo con dulzura.
—¿Qué pasa Julia? —le contestó arrugando las cejas.
—En la visita al pedíatra me habló de éste pedagogo y me dio este folleto. Creo que es interesante...
Jan lo leyó detenidamente. El folleto decía: “TÚ ERES LA PIEZA CLAVE”. En el se manifestaba unos testimonios de unos padres que expresaban lo que sintieron. Pero hubo algo que le llamó la atención. Era una madre que abrazaba a su hijo y al pie de la foto decía:

"Los primeros meses, los más duros para la madre,
también lo son para el bebé.
La mejor estimulación es el contacto
físico: tocarlo, acariciarlo,
hablarle, darle suaves masajes con crema hidratante
después de su baño diario,
llevarlo desnudo bajo un blusón, en una pechera en contacto
con la piel desnuda de su madre...
Los terapeutas lo saben y aconsejan:
“Incluso si tienes ganas de llorar, llora con él en tus brazos”.

Después de leer esto tiró el folleto encima de la mesa. No quiso leer más. Jan miró a Julia fijamente a los ojos. Los suyos chispeaban, —apretando los labios y moviendo continuamente sus pestañas le dijo:
—Julia por mucho que me queráis convencer tú y esos médicos de mierda, mi hijo tiene el síndrome de Down. Dicho de otra forma. Nuestro hijo es subnormal.
—¡Jan!, —le gritó Julia—, pero tú te crees que esto es agradable para mí. Yo al menos lo intento aceptar como es... Asúmelo de una puta vez. Es tu hijo es nuestro hijo...
Jan se levantó de la mesa y se fue. Julia se quedó sollozando entre sus brazos.

lunes, 2 de marzo de 2009

SUSURRO EN EL HOTEL

Desde la ventana contemplaban la calle. Veían pasar como el verano empezaba a declinar. Debajo el autobús hacía su parada habitual. Observaban como los pasajeros no eran los conocidos, porque las miradas eran huérfanas y los gestos sin sentido.
Ella lo observaba con dulzura. Con ese gesto de amor incondicional. Desde que se conocieron ansiaban pasar una noche solos, en un lugar donde la belleza los invadiera y los abrazara en un momento sin final.

El hotel estaba limpio. Era su primera noche. Estaban cargados de resentimiento y amargura por la vida, pero esta noche le habían dado una tregua.
Él estaba desnudo en la cama. Observaba su cuerpo. La espera era interminable. Necesitaba sentir el calor del cuerpo de María. La música invadía el ambiente. Desde la cama veía como ella salía del cuarto de baño con su corta melena alborotada. Pensaba que le había ganado la batalla al recuerdo, mientras ella se acercaba. Ahora sí que había hecho realidad el deseo de hacer el amor con su novia.
Lentamente se acercó se sentó en la cama y dando un brinco se postró a su lado. Comenzó a besarle. Primero en la boca. Continuó por el pecho y las tetillas y antes de seguir le metió una pastilla en la boca.
Con la erección ella empezó a jugar con su pene. Lo empezó a besar hasta que se lo metió en la boca muy lentamente. Él observaba y sentía un placer que se asemejaba a lo soñado. Los dos disfrutaban de ese momento. Él con sus manos la acariciaba tardo. La noche estaba por delante.
Después de unas caricias ella se metió el pene en su vagina y con vaivenes lentos y precisos se lleno de aquel semen que tanto había ansiado durante tanto tiempo. Se sentían satisfechos de ellos mismos. Ella gozaba de felicidad y a él se le escapaban carcajadas de optimismo. Ahora sabían que ellos podían hacerlo todas las veces que quisieran.
A la mañana siguiente el sol se colaba entre las rendijas de las persianas, cogió la mano de su novio y le dijo.
—Edu..., Eduar..do, Eduardo te quiero, a...mor, amor mío.
—...
—En...segui...da nos veeen...drán a buscar. To...do el mundo de..be saber lo que es hacer el amor... Porque es maravilloso.
—Sí, María.
Con sus manos torpes Eduardo intentó acariciarla al mismo tiempo que sus ojos se embadurnaban de ternura.

Los cuidadores llamaron a la puerta esperaron un momento y entraron. Los vistieron entre sonrisas. Ellos estaban felices.

martes, 24 de febrero de 2009

EL ABUELO CHANO

"Los años nos enseñan muchas cosas
que los días jamás llegan a conocer."
Emerson


El ruido de las aguas que bajaban de la montaña era la sinfonía que Pancho —un chaval inquieto y travieso— escuchaba cuando paseaba con su abuelo.

La sombra del árbol acariciándole la cara le recordó sus palabras. Le evocó su sonrisa y su voz tosca y penetrante pescando en el río: «Pancho hay una cosa que no debes olvidar, pero ni un solo instante. Nunca vivas sin esperanza. La vida es vida, porque luchamos en lo que creemos. No te acobardes porque en ese momento te falte. ¡Ilusiónate y lucha!».

El sonido estridente del carro de Toribio, que venía de cargar hierba de la era, le despertó de su recuerdo. Al ver a Pancho paró a los bueyes. Brincando del carromato dio una manotada en el lomo de uno de ellos y dijo: «Tirar pa casa». Los animales, obedeciendo la voz de su amo, reanudaron la marcha tranquilamente. Toribio esperó a ver si iban por buena dirección. Al verlos, que así lo hacían, mostró su orgullo. Entonces se dirigió al muchacho.
—Buenas Toribio. ¿Qué tal está? —se anticipó Pancho.
—Yo bien chaval, pero tú —al tiempo que meneaba la cabeza, como desaprobando su actitud—, tienes que alegrar esa cara. Si tu abuelo te viera así te pegaría “duas lavazadas” que te dejarían seco. ¡No puedes quedarte así! Tu madre te necesita. Has perdido a tu abuelo, pero tu madre, a su padre. Y ahí la ves, fuerte como un roble. ¿Te vas a dejar amedrentar?
Pancho negó con la cabeza. Su orgullo le hizo tragar saliva para no llorar. Era su primera experiencia con la muerte. Los fallecimientos de su padre y de su abuela no los recordaba. Estaba muy unido al abuelo Chano. En su cabeza, todavía, retumbaba el sonido de la caída de la tierra sobre el ataúd y él oía su voz: «adiós Pancho».

Toribio era muy amigo del abuelo Chano. Habían pasado muchas penurias en el pueblo desde la Segunda República hasta que el Borbón volvió. Desde pequeños no se habían separado nunca.
—Mira Pancho —dijo Toribio—, durante tiempo observé la buena relación que teníais los dos. Chano se marchó precipitadamente... Te voy a contar una historia.
A Pancho se le abrieron los ojos. No había mostrado ningún interés desde que Toribio se había parado a hablar con él, pero, ahora, intuía en sus palabras algo que le dejaba inquieto.
—«Tu abuelo Chano heredó de su abuelo la arresponsaduría: era el arresponsador de la aldea».
—¿Qué es eso? —preguntó Pancho.
—Son personas que tienen unos ciertos poderes para solucionar las penurias y fatalidades que nos pueden surgir en la aldea. Creemos que esta misión les viene de Dios y de los ángeles. El poder que reciben —prosiguió Toribio—, lo manifiestan a través del responso y lo rezan devotamente con sumisión. Sobre todo lo hacen de rodillas ya que de esa forma alivian antes los males. ¡Y con qué celo lo hacen! Lo piden los vecinos de esta parroquia como de las colindantes en cualquier momento y lugar. Pero ser arresponsador no les libraba de sus propios males.
Pancho se sintió desconcertado. Pensaba que su abuelo se lo había contado todo. Una breve imagen de sentimientos contradictorios pasó por su cabeza: rabia e indignación. ¿Por qué se lo había ocultado? ¡Él ya era un mozo! No entendía nada por mucho que lo pensaba. El era bueno. Se querían mucho. La imagen de su abuelo con la boina medio ladeada, el pitillo entre los labios que encendía tantas veces como se apagaba era su recuerdo. Estaba tan vivo en él que esa desazón le inquietaba.
A Pancho esto no le daba tranquilidad. Le sonaba a despecho. El ceño se le encorvaba y las cejas se revolvían hasta esconder casi los ojos.
—Toribio, ¿por qué no me lo dijo? —en un momento de encono le exigió—. Usted era su amigo...
El amigo de Chano no pudo más que rebotarse. Alzó la cabeza y miró en su alrededor. Vio una piedra que podía ser una banqueta. Se acercó a ella, la arrastró con energía hasta dónde estaba Pancho, se sentó y mirándole de frente le dijo con una rabia que su labio inferior temblaba.
—¿Estás seguro que no te lo dijo?, o quizá ¿es que no estuviste atento? Todas las cosas tienen una música y una letra. Tu abuelo te lo explicó. La letra no te interesó y la música no la escuchaste. Además, a tu pregunta hay una respuesta muy sencilla. Los arresponsadores lo descubren ellos. ¡Sólo ellos!
—¡Pero si mi abuelo no iba a misa! — le recriminó Pancho.
—Esto no tiene nada que ver con los curas —le respondió pausadamente Toribio mascullando las palabras.
Lo que decía Toribio era verdad. El abuelo Chano era tratado como un brujo. Era “o demo” como decía don Eustaquio, el cura. Porque uno de los responsos que hacía era el de San Antón. Solo rezaba una parte. A don Eustaquio —cuando se enteraba—, se le hinchaba la nariz respingona y le humeaban las orejas.
—Mira chaval —siguió Toribio—. Una vez Tatolo volvía de traer las vacas de pastar. Al llegar a la cuesta del cruceiro, ¡no quisieron subir! Tatolo no sabía que hacer porque se estaba haciendo de noche. Ni con la aguijada las podía mover. Cogió una soga y las ató. Comenzó a tirar de ellas. En aquel momento yo pasaba por allí y por mucha fuerza que hacíamos los dos no pudimos hacer nada. Tampoco obedecieron. Se me ocurrió llamar al abuelo Chano. Enseguida llegó. Comenzó a rezar. Cuando iba a decirlo la segunda vez se arrodilló con devoción y casi no se le entendía. A la tercera vez no se le oía... En ese momento las vacas empezaron a subir sin ninguna dificultad.
Pancho recordó, entonces, que alguna vez los paisanos lo iban a llamar. Siempre iba a su habitación recogía algo que nunca pudo ver, ni imaginar.

Toribio volvió a tomar la palabra y a borbotones continuó:
—Sé que es difícil perder a un abuelo como el tuyo. Yo también he perdido un amigo. Un buen amigo. Y la aldea ha perdido el mejor arresponsador que haya tenido jamás.


Pasó el tiempo. En la aldea pocos quedaban. El nieto del Tatolo fue a ver al arresponsador que había en la aldea y le pidió: “¿Me puede arresponsar que mañana me examino de las oposiciones de magisterio en Santiago?”.
Le miró y le dijo:
—Pero ¿has estudiado?
Una mirada fija y seria fue su contestación.
Al momento se arrodilló delante de él y comenzó a decir: «Si precuras milagros, mira. Morte e medo desterrados. Miseria e demos fuxidos. Lleprosos y doentes sanos. O mar sosiega su ira, redimes encarcelados membros e benes perdidos recobran rapaces e vellos».
Hasta tres veces lo repitió. Mientras lo rezaba el muchacho se quedó quieto como una estatua.
El nieto del Tatolo se marchó contento y Pancho esbozó una sonrisa de complicidad.

domingo, 22 de febrero de 2009

¡IGNACIO DE MI CORAZÓN!

Entró en casa y se dirigió al salón, allí depositó el bote de cristal en la estantería con sumo cuidado, al lado de sus recuerdos. Se alejó y volvió para retocarlo.

El médico de la ambulancia la esperaba, y cuando llegó destapó el cuerpo que estaba tendido sobre el sofá. Al mismo tiempo le decía: «lo encontramos así: con la boca abierta y la mirada desorbitada. No pudimos hacer nada. Parece ser que una amiga nos llamó y acudimos enseguida. Creemos que hace una hora que murió». Pero al fijarse en aquel cuerpo, se quedó helada. No podía ser cierto. ¡Díos mío, pero…, pero si parece Ignacio! El colega de las urgencias le preguntó si le pasaba algo, pero ella negó con la cabeza. El médico del Samur dudó...

En el laboratorio antes de comenzar la autopsia acarició el cuerpo de Ignacio dulcemente y palmo a palmo. Primero la cabeza…, se detuvo en el pecho. Su sexo se lo cogió con una mano, con la otra acariciaba sus pectorales. Ahora era suyo. Se asomaron a sus ojos unas tímidas lágrimas. Habían pasado años desde que no lo veía...
Era la primera vez que lo tenía a su voluntad. Se quedó extasiada observándolo. ¿Cuántas veces lo había visto en la playa cuando iban a bañarse con toda la pandilla? Sólo una vez lo vio desnudo. Fue en la playa de Barrañan, cuando entre las dunas estaba haciendo el amor con Marta, una de sus mejores amigas. Aquello le indignó. Era un mujeriego. Tenía un cuerpo bonito, y aún lo conservaba. ¿Qué has hecho para acabar así? Tenía el bisturí en una mano y la otra lo seguía acariciando. Sentía placer. Con sus ojos observaba las caricias, y cuando llegó a la altura del hígado, vio la huella que le dejó aquella pelea en la plaza de Vigo, sólo por hacerse el valiente y el hombre delante de sus mujeres, que acabó con un navajazo que casi le cuesta la vida.

Era verano las tres amigas estaban en la playa con toda la pandilla. En un lado los hombres, y en otro las mujeres. Entonces apareció él. Era como un armario de tres cuerpos. Ninguna de las tres tenía duda de aquel tipazo. Su tez aniñada, contrastaba con su cuerpo que se marcaba debajo de la ropa. Casi siempre la llevaba ajustada para que sus pezones resaltasen. Le gustaban mucho los lacostes. Entre la abertura del pecho se asomaba su vello que hacía juego con los pelos de su cabeza. Su ropa ceñida también marcaba sus brazos casi musculosos. Entre ellas contaban historias de él. Elena que se había tirado a unos cuentos. Amalia no podía ni acercarse a él y, Eugenia, decía que por sus narices se lo tiraría. Todas estaban de acuerdo que estaba bueno y que su cuerpazo era imponente. Amalia estudiaba en la Facultad de Medicina, y la envidia le carcomía «a mí ese tío no me interesa. De toda la pandilla estáis todas locas por él, pero es un tío que no vale la pena. No busca otra cosa que follar. A mí me importan otras cosas».
Eugenia la increpó, «vosotras las intelectuales os pasáis la vida alardeando, pero tíos como éstos, no los vais a encontrar en la universidad. Muchas habláis, pero os encantaría tiraros a un tío como éste».
Amalia se encabritó, y se le encogió el ceño por aquel comentario.
El viento se levantó de repente e interrumpió la conversación. Elena callaba. Cuando llegó a su altura Ignacio le guiñó un ojo a la vez que saludando se quitó la ropa quedándose en bañador. Se puso de espaldas a ellas en el corro de los chicos. Entre ellos comentaban como estaba el agua de la playa. Al bajarse el pantalón, el bañador se deslizó y se comenzó a ver el inicio de la raja de su culo. Ellas, sobre todo, Amalia y Eugenia se miraron. Él volvió a esbozar una sonrisa irónica, como si lo hubiera hecho a propósito.
Entre todos —después de aquel paseíllo como si fuera el de un torero que entre en la plaza—, se tumbó mirando al sol al mismo tiempo que sacaba un cigarrillo. No tenía fuego, pero Elena se acercó y le ofreció un mechero. El le contestó ofreciéndole uno. Elena aceptó.
En un instante Elena y Ignacio desaparecieron. Eugenia y Amalia se miraron dándose cuenta de la ausencia de los dos. Nadie más que ellas se percataron. Las dos se encogieron de hombros, pero su curiosidad podía más. Fueron a buscarlos. No tardaron en encontrarlos. Estaban haciendo el amor detrás de unas dunas que los escondía. Amalia se indignó. Se sintió engañada. Elena se lo había ocultado. Estaban tan afanados, que ni siquiera sintieron la ola que los invadió.


«¡Pero Amalia, aún no has empezado!», dijo el doctor Moreno. Era su jefe, con quien iba a realizar la autopsia de Ignacio. Le reiteró, ¡Joder, que tenemos mucho trabajo! Empieza mientras preparo la grabación. Amalia volvió a observar aquel cuerpo, que aunque había estado en la morgue aún lo veía hermoso. La cara estaba flácida y el semblante alterado, aunque en algunas partes de su cuerpo denotaban manchas de color vinoso. Amalia estaba absorta pensando en la putrefacción de aquel cuerpo hermoso, que tanto había adorado y que nunca lo había podido poseer. Ahora estaba en sus manos…
«Venga Amalia vamos, que es para hoy. Empieza la incisión por el hombro izquierdo hasta llegar al ombligo» —le decía el doctor Moreno—. Cuando hubo terminado la incisión del cuerpo de Ignacio, separó con una calma minuciosa, la piel, la pared pectoral aquella que marcaba sus pechos en la playa —aún los recordaba—, el músculo y los tejidos suaves. Inmediatamente cedió la sierra eléctrica a su compañero y serró el esternón. Al separar las costillas vio el corazón y se le nublaron los ojos al verlo.
El doctor Moreno procedió a sacar el corazón para diseccionarlo. Aquí está la causa de la muerte. Mira Amalia —le dijo el doctor señalándole el corazón—, ella asintió al ver un taponamiento cardiaco secundario a la ruptura de la pared libre del ventrículo izquierdo. Le dio el corazón. Entre sus manos temblorosas se dirigió al lavadero. Allí lo lavó y lo pesó. La autopsia terminó enseguida. El peso del corazón era normal: el de un cadáver. Creo que puedes terminar tú. Cierra el cadáver. Y acuérdate de lavarlo y secarlo tanto interiormente como exteriormente. Como si no lo hubiéramos tocado.
Amalia le contestó con seguridad, al mismo tiempo que denotaba una cierta satisfacción que le dejara terminar a ella el trabajo.
Volvió a mirarlo de arriba abajo. Entre dientes al tiempo que iba lavándolo interiormente le cantaba aquella canción que Elena decía que le gustaba. Lo suturó. Amalia terminó su trabajo y se fue contenta. Había hecho un buen trabajo. Se despidió de él dándole un beso en la boca. Aunque el cuerpo estaba frío lo sintió caliente y hermoso. Con su aliento embelesado le susurró: «Adiós amor mío. Ahora sí que estaremos juntos para siempre».

«Eres mío. Me perteneces. Ahora estaremos juntos para siempre». Así pensaba Amalia lanzando un suspiro profundo mientras se recostaba en el sofá del salón, al mismo tiempo que fijaba su mirada en la estantería

martes, 17 de febrero de 2009

LA VIDAMUERTE

A Maria Luisa Azcoiti
No era un sueño. Se había ido. Sentí un vacío. Una ilusión de como el nacimiento del día se relacionaba en un sin sentido con la dulzura. Había nacido a la vida, y la vida había nacido a la muerte y la muerte había nacido a la Luz.

A LOS PIES DE LA CAMA

Tendida en la cama.
La gata hacía su duelo.
Años de caricias y ensueños,
de vigilias e inciensos.
Su ojo entreabierto me habla.
Desde los pies de la cama
siento su hilo de vida,
que ya se había esfumado
por la ventana
de una noche caliente de enero.
Su piel lavada y perfumada,
tendida y fina,
me sugiere un canto libre.
Desde mi ignorancia,
siento la vida
que se había convertido
en muerte bella y feliz.
Desde los pies de la cama,
siento como surge la vida,
y mi emoción
se confunde con unas lágrimas huérfanas
que se funden en mi cara
en señal de agradecimiento
por la belleza
que en ese momento sentí
en una fusión única con el universo.